Botánica Maferefun

Tratados

Notas de la casa. Y patakíes contados de cerca.

Collares

El ileke se lleva con respeto. No es adorno: marca un pacto. Aquí se vende hecho, y si lo pides, se consagra.

Mazos

El mazo es más denso. Conviene pedirlo cuando ya hay camino con el santo, no por moda.

Consulta

IFA Registro u otro tipo se piden por escrito. La fecha se confirma después, según el sacerdote.

Patakíes

Diez caminos. Se cuentan al oído.

Ogbe She

Las lágrimas de Olofin

Dicen que Olofin tenía una hija tan bella que todos la pedían. Era Oshún. El padre, de celos, la echó de casa.

Oshún bajó a la tierra. Yemayá la recibió y, con ella, abrió los ríos para que la muchacha tuviera dónde vivir, lejos de aquel enojo.

Cuando Olofin volvió en sí, vio el daño. Buscó a su hija por el mundo. Lloraba tanto que sus lágrimas se volvieron lluvia. Hasta hoy cae así.

Anduvo mucho. Halló al pavo real y le preguntó por Oshún. El ave dijo que sí sabía, si Olofin le daba algo. Olofin lo hizo el pájaro más hermoso. Entonces el pavo real le señaló el río.

Olofin llamó. Oshún salió del agua. Él pidió perdón y ella lo perdonó. Quiso llevarla de vuelta. Ella no. Le dijo: cuando quieras verme, ven al río y toca cinco veces la campana de bronce. Así ella se presenta.

Obara Di

Yemayá no renegó

Yemayá iba mal. Fue a ver a Orula. Orula le vio este Ifá y le dijo: si quieres salir, no reniegues, no protestes. Y le marcó ebo. Ella lo hizo.

Salió por un sendero. En la boca del monte un muchacho le pidió ayuda con una canasta. Era Eshu. Al alzarla, se la echó encima y le manchó el único vestido. Yemayá no dijo nada.

Más adelante un señor con bastón le pidió que levantara un saco. También era Eshu. El saco se le viró encima. Eshu salió corriendo. Ella recordó las palabras y calló.

Cansada, llegó a un claro y vio una ciudad linda, un palacio. Los guardias cruzaron las lanzas. Yemayá se sentó y lloró. Se durmió. Al despertar, el cambio de guardia había dejado el paso libre. Entró.

En un salón grande el soberano se puso de pie, se arrodilló y le pidió la bendición. Ante el asombro de todos se quitó la corona y se la puso a ella. Desde aquel día la llevaron a hombros. La tuvieron por reina.

Okana Sode

Los tres consejos

Había un hombre a quien le gustaba jugar. Tenía dinero. Un día lo perdió todo. Se sentó frente a una casa a medio hacer. Salió un anciano, lo vio pensativo y le preguntó. El hombre dijo que ni techo tenía.

El viejo le ofreció trabajo: terminar la casa. El hombre aceptó y se quedó. Pasaron meses. La casa quedó lista. El hombre dijo que ya se iba. El viejo lo abrazó: no olvides los tres consejos. El hombre prometió tenerlos presentes.

Caminó sin rumbo. Halló un castillo. Tocó, sediento. Un anciano lo hizo pasar. En el patio, una muchacha amarrada a un poste. El hombre no preguntó. Pidió agua. El viejo le ofreció a la mujer. El hombre dijo que solo quería beber y seguir. El viejo lo tentó con un pozo, con el tamaño del castillo. El hombre repitió: vine por agua.

Entonces el anciano se descubrió: soy el mismo con quien trabajaste. Quería ver si guardabas los consejos. Soy rey. Buscaba a quién dejarle a mi hija y mis bienes. Tómala por esposa. Quédate. Cuando yo muera, todo pasa a tus manos.

Iwori Koso

Las dos palabras

En un pueblo eligieron dos reyes. Cada uno hacía lo que le parecía. La gente se partió en dos. Un bando se vistió de amarillo y dijo que el sol era su dios. El otro se vistió de azul y se quedó con la luna.

Al principio anduvo. Luego los de amarillo, de egoístas, dijeron que el sol era más fuerte y que ellos también. Empezó la guerra entre familias.

El pueblo fue a ver al rey mayor. Él puso dos papeles en un cofre. Cada rey debía sacar uno y cumplir lo que dijera.

Sacaron las manos. Juntaron lo escrito. Las dos palabras, unidas, decían: Olofin Rey. Bajaron la cabeza.

Desde ese día el rey sería Olofin, y el mayor, el único guía. Les pidió quitarse aquella ropa, llevarla al río y dejarla. Vestir de cualquier color. Traer manjares al volver, para festejar la unión.

Ogbe Yekun

El Sol y la Luna

Oduduwa hizo el Sol y la Luna. Los dos tuvieron muchos hijos. Cuando crecieron los del Sol, hombres, animales y plantas empezaron a morirse.

Los hombres fueron a Ifá. Hallaron Ogbe Yeku. Ifá les dijo que llevaran piedras blancas en sacos, una gallina blanca y un gallo blanco, y que hicieran el sacrificio al lado del río.

La Luna también consultó. Recibió el mismo signo. Dejó sus sacos junto al agua. Allí encontró los de los hombres. Elegbara la siguió y le dijo: llénalos de piedras. Llévalos arriba. Propónle al Sol tirar a los hijos al río. Tú tiras las piedras.

La Luna llamó al Sol: nuestros hijos nos estorban. Llenemos sacos y los lancemos al agua. El mundo podrá aliviarse.

El Sol dudó. Pidió ver a uno de los hijos de la Luna. Ella mostró uno y lo echó al agua, para que él confiara. Entonces el Sol lanzó a todos los suyos. La Luna lanzó las piedras.

Al atardecer, los hijos de la Luna —salvo aquel— siguieron creciendo. El Sol bajó furioso a recoger a los suyos. Al sacarlos, se quemaron y se quedaron en el río. El que la Luna echó se ve todavía: le dicen hijo de la Luna, estrella del mar.

Desde entonces el Sol persigue a la Luna. De vez en cuando la alcanza. Eso es el eclipse.

Ika Meji

Ajinaku

Ajinaku, el elefante, antes fue un animal pequeño. Quería ser grande. Fue a un babalawo que se llamaba Ceke Ceke La Allo.

Salió Ika Meji. El sacrificio: una cesta de caracoles, cuatro chivas, cuatro morteros. Había que dárselo a Oduduwa.

Ajinaku cumplió. El orisha recibió aquello, lo cubrió con una tela grande y oró ocho días.

Al octavo día Ajinaku se volvió grande y pesado, como lo vemos ahora.

Ogunda Meji

El pez de Eleguá

Eleguá pescaba con vara y cordel. No sacaba nada: le faltaba el anzuelo.

Llegó Ogún y le dio uno. Eleguá cogió pez. Quiso llevárselo solo, porque decía que era suyo. Ogún también lo reclamaba.

En la disputa llegó Obatalá. Oyó. Partió el pescado. Una mitad para cada uno.

Ika Meji

La mujer que tapaba la comida

Había una mujer rica y ruin con la comida. Si llegaba visita, hasta de familia, tapaba el plato. Lo que sobraba lo tiraba a la basura, para que nadie comiera. Cada mañana amanecía con la barriga hinchada.

Un pariente fue a casa de Orula. Orula dijo: esa señora tiene que gastar en comida cinco días y dar de comer a quien llegue. Si no llega nadie, que llame a los vecinos.

Ella dijo que no, que Orula era malo. Oshún se enteró y le pidió de comer. La mujer se lo negó. Oshún volvió disfrazada de vendedora, con calabazas. La señora regateó. Oshún le tiró las calabazas a la barriga. Cada una le dejó un tumor. La mujer se hinchó hasta volverse un monstruo.

Fue a mirarse. Orula le vio este Ifá: no fueron las calabazas. Fue la comida que negaba y tiraba. Esta vez hizo lo mandado. Dio de comer cinco días. Se le bajó la hinchazón.

Fue a dar las gracias. Orula dijo: todavía no. Tienes que darle de comer a Oshún cinco veces. La gente le dijo que Orula se equivocaba. Como no acababa de sanar, lo hizo. Así le volvió la salud.

Oyekun Juani

Agoi y el desconocido

Había una muchacha, Agoi, que se negaba a todos. Era de una belleza que no parecía de este mundo. Vendía buñuelos de frijol en casa de su padre. Quería un esposo tan hermoso como ella.

Un día, con las manos en la masa, pasó un desconocido de ropa rica. Lo vio y corrió a sus padres. Ellos salieron, lo invitaron. Agoi se le lanzó a los brazos: mi esposo, te he esperado. Ese mismo día se casaron.

En aquel país el novio no pasaba la noche con los suegros. Agoi siguió al hombre hacia su tierra. Caminaron mucho. Una voz pidió: Dobligodo, devuélveme mis vestiduras. Luego la cabeza. Luego los brazos. Luego las piernas.

El hermoso fue devolviendo todo. Quedó una bola que rodaba por el suelo. Dobligodo come gente. Cruza un río blanco, oscuro y rojo. Un lago seco de barro colorado. Un jején que carga un jarro. Un gallo que fuma pipa. Cada vez que Agoi se asombra, Dobligodo canta: aquí se acaba tu camino.

Ella entendió. Cuando él salía, una tortuga con cuerno la vigilaba. Al fin escapó. Anduvo hasta hallar a un cazador. Le contó. El cazador la devolvió a su pueblo.

Desde entonces, en aquella tierra, las muchachas no se casan solo por lo que brilla al pasar.

Irete Meji

El pájaro de Odu

Odu partía del cielo a la tierra. Olodumare le dio un pájaro sagrado, Aragamago. Le dijo: donde tú lo mandes, irá. El bien o el mal que le encargues, lo hará.

Odu bajó con el ave en un cofre de plata. Nadie debía mirarlo. Si un enemigo asomaba, el pájaro le reventaba los ojos.

Llegó a la casa de Orunmila. Orunmila había consultado. Ifá le dijo: esa mujer trae un poder mayor que el tuyo. Haz ebo a la tierra antes de tomarla por esposa. Él lo hizo y dejó el sacrificio en el camino.

Odu halló el ebo. ¿Quién lo hizo? Eshu respondió: Orunmila, porque quiere casarse contigo. Ella mandó a las cosas malas que traía —y al pájaro— a comer de aquello. Luego entró.

Le dijo a Orunmila: tengo muchos poderes. No quiero pelear contra ti. Si alguien te busca daño, yo y mi pájaro pelearemos. Te voy a decir mi tabú: ninguna de tus otras esposas me mire la cara.

Orunmila llamó a las esposas y se lo explicó. Odu prometió completar lo bueno, si él respetaba. Sentenció Orunmila: el babalawo tiene Ifá, tiene a Ogún, pero no está completo hasta que recibe a Odu. Desde ese día ella es su esposa y el poder que cierra el camino.